La mejor canción de la historia

La canción Bohemian Rhapsody de Queen se ha puesto de moda gracias al éxito (merecido) de la película del mismo nombre dirigida por Bryan Singer y Dexter Fletcher, un homenaje épico y de carácter majestuoso a la banda liderada por el carismático Freddie Mercury. Hasta ahora, la extraña mezcla entre balada, obertura de ópera e himno rock de estadio que es Bohemian Rhapsody no había sido uno de los más populares hits de la banda británica, aplaudida por el público general por temas míticos como We Will Rock You, Another One Bites The Dust o We’re the Champions. Este fenómeno no me causa extrañeza: más allá de la difusión que le ha proporcionado el exitoso film, Bohemian Rhapsody es un himno generacional que ahora actúa con más fuerza que nunca, pues se yergue como un monumento al kitsch, al dramatismo y a la teatralidad que tan presente está en la idiosincrasia de los usuarios de internet que, acostumbrados a saturar sus fibras ópticas con horas y horas de series, películas y vídeos de YouTube, se sienten como peces en el agua mientras se sumergen en los casi seis minutos (extensión inconcebible para un single de radio-fórmula en la época en la que se publicó) que dura la aventura de Galileo Figaro.

Y es que en un banquete de seis minutos (que seguramente resultarían mucho menos provechosos en un restaurante no regentado por genios como Queen) podemos saciar nuestra hambre con raciones de dramatismo y épica dignas de poemas como El cantar del Mío Cid, acompañadas de un puchero de corcheas, pianos y coros inolvidables. En una canción hemos experimentado una catarsis digna de una tragedia griega, después de habernos infiltrado en la cabeza de un chico pobre de una familia pobre que ha apretado el gatillo sin saber si esto es la vida real o solo una fantasía. En la hegemonía del homo audiovisualis, Bohemian Rhapsody es un alimento nutritivo que se nos antoja aún más apetecible por su ingrediente secreto: la ironía.

Bohemian Rhapsody

Porque, siendo sinceros, ni en nuestras más calenturientas fantasías adolescentes nosotros mismos nos hemos creído del todo que somos un Galileo incomprendido que vaga en un mundo enigmático, terrible y azaroso que se asemeja más al decorado de un teatro victoriano que al entramado de calles, supermercados, farmacias, aulas y demás espacios insulsos en los que los mindundis nos dedicamos a nuestros asuntos. El relato de los problemas que sufrimos en nuestro día a día no solo fallaría a la hora de desatar la emoción en el patio de butacas de un cine, sino que además transmitiría un sueño y sopor que alcanzarían hasta al proyeccionista. Y que así sea, porque los problemas menos cinematográficos, es decir, los más absurdos, nimios y pequeños, son lo que dejan más espacio libre para la felicidad. Ya puede Nietzsche amar al destino, a los enemigos y a los caballos todo lo que quiera, que yo mientras tanto seguiré deseando que el mayor peligro al que se tenga que enfrentar un hombre jamás sea el de introducir el pie entre coche y andén en una estación en curva como la de San Fernando de Henares. Para ponerme en la piel de un héroe o viajar a parajes inhóspitos y peligrosos, no tengo más que dejarme llevar por un buen libro, por una película interesante o por una canción como Bohemian Rhapsody, que nos cautiva no solo por su grandilocuencia, sino que también nos saca una sonrisa al recordarnos esas ganas ridículas de ser Galileos, Fígaros, Scaramouchs y Bismillahs atormentados, que nacen de la necesidad humana de dotar de significado a nuestras vidas, a nuestros aciertos, errores y luchas.

Muchos dirán que Bohemian Rhapsody es la mejor canción de la historia; otros serán más partidarios de Let It Be de Los Beatles, y a Woody Allen le seguirán entrando ganas de conquistar Polonia cuando escuche La cabalgata de las Valkirias de Wagner. Aunque indudablemente son himnos de una calidad incuestionable, desde mi punto de vista no entrarían en la categoría de mejores canciones de la historia, porque jamás se han querido mover en el marco una historia orgánica, convincente y real, más presente en las risas y confidencias entre amigos a la hora del café que en las grandes batallas y conquistas que han liberado naciones o tumbado imperios. Las mejores canciones de la historia que respiramos por los poros día tras día son composiciones más humildes, que a La novena sinfonía de Beethoven son La Barbacoa de Georgie Dann, que a Chicago son Albacete y que a Marlon Brando son Adam Sandler.

De entre todo este compendio de anti-himnos, me gustaría ensalzar, de manera vehemente y sincera, una joya que refleja las preocupaciones e inquietudes de una generación que, de la noche a la mañana, tuvo que aprender a caminar de nuevo para no perderse una maraña (o mejor dicho, red) de foros, chats y páginas web. Este Matrix del pop español es Atrapados en la red de Tam Tam Go.

Si dispusiera de más espacio, hablaría largo y tendido acerca de cómo esta canción del año 2001 retrata los peligros de las nuevas tecnologías de manera más ingenua y genuina que Black Mirror. Si en el día de hoy tuviera que iniciar una tesis doctoral, no descartaría del todo (probablemente tras haberme tomado unas cuantas cervezas) la idea de dedicarla a analizar este relato de amor sincero y ciego, incertidumbre y engaño. En este tema, enterrado en uno de los estratos más profundos del aterrador cementerio indio de hits pasados de moda, el cantante Nacho Campillo suelta como si nada uno de los estribillos más ingeniosos, directos y pegadizos que alcanzo a recordar. Así como si nada.

Te di todo mi amor @love.com
Y tu me @roba-roba-robado la razón
Mándame un e-mail que te abriré mi buzón
Y te hago un rinconcito en el archivo de mi corazón

Aunque los grupos desenfadados del estilo de Tam Tam Go! no consiguen que me emocione como me emociono escuchando a Queen, a los Beatles o a Foo Fighters, sí que logran sacarme una sonrisa sincera que aflora cada vez que oigo sus canciones, con letras tan tontas, triviales e intrascendentes como la mayoría de conversaciones que iluminan nuestra vida tonta, trivial e intrascendente.

Si tuviera que responder a la pregunta de Galileo Fígaro, afirmaría que Atrapados en el Tiempo sí que es la vida real, y no fantasía.

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