Afeitado a prueba de masculinidad

 Por Ángel Gómez-Lobo 

¿Qué significa ser un hombre? Pocas veces hemos reflexionado acerca de esta cuestión porque la respuesta siempre se nos ha dado mascada: tanto los refranes (fruto de ese ambiguo fantasma llamado “sabiduría popular”) como los cuentos, las películas y los medios de comunicación nos han ofrecido un modelo de hombre fuerte, tosco, rudo y de corazón noble que expresa sus sentimientos a través de acciones heroicas; sin lloros, sin quejas, el Hombre™ se mueve por el mundo con una actitud siempre decidida a la par que impasible, derrotando a sus enemigos y escondiendo sus sentimientos, propios de ese modelo mujer emocional, callada, complaciente y sensible que complementa al prototipo de machote que en el cine han encarnado titanes como Clint Eastwood o John Wayne.

Por fortuna, tanto el movimiento feminista que tanto se ha revigorizado estos últimos años como el colectivo LGTB han tomado la delantera a la hora de cuestionar estos roles, que tradicionalmente se han atribuido a cada uno de los géneros; gracias a la iniciativa y esfuerzo de millones de personas de todo el mundo, la conciencia social está cambiando poco a poco y por fin se está empezando a reconocer el derecho de cada uno a ser como quiera ser, derecho del que han gozado siempre los hombres™ que, visto lo visto, se muestran aún reticentes a compartir su libertad.

En estas líneas no quiero reproducir el discurso feminista que de manera más profunda, correcta y adecuada podría exponer una mujer con mucho más conocimiento y visión que yo, sino que me gustaría sacar a colación el replanteamiento de la identidad del hombre y de la mujer que se está llevando a cabo en los tiempos que corren; mientras que cada vez más mujeres están abrazando la idea de escapar de las convenciones sociales, muchas veces arriesgándose a sufrir burlas o rechazo, los Hombres™ seguimos en gran medida autoboicoteándonos y obsesionándonos con ser fuertes, valientes, barbudos y, en definitiva, un sucedáneo del personaje de Chuck Norris en Walker Texas Ranger. El motivo está claro: el machote es el estandarte de una época más sencilla en la que el hombre mandaba y la mujer obedecía; el machote va a cazar, a jugar al golf o a beber cerveza con sus amigos mientras su esposa cuida a los niños, se dedica a las tareas de la casa y, como mucho, sale con sus amigas hasta una hora razonable si le sobra tiempo. Aunque a día de hoy las cosas han cambiado y el hombre no se siente tan ultrajado como hace cincuenta años cuando pone la lavadora, lo cierto es que resulta difícil despojarse de una cosmovisión que nos ha acompañado durante tantos siglos y que ha silenciado a tantas mujeres a lo largo de la historia: el hombre ( a parte de mantener sus privilegios) quiere seguir siendo la Vanguardia, el foco de toda la atención y, en definitiva, el representante absoluto de la Humanidad. Tanto afán de protagonismo tenemos los hombres que, de manera absurda, competimos para elevar nuestra desgracia por encima de la de las mujeres, que ni siquiera pueden caminar tranquilas hasta su casa la noche de un sábado cualquiera.

walker texas
Chuck Norris en Walker Texas Ranger. Fuente: cordcuttersnews.com

No es por nada más que por esta actitud egocéntrica por lo que tanto se pregona en contra del “monstruoso feminismo” que viene a dejar a los hombres desamparados y a  merced de las famosas denuncias falsas que, en realidad, solo suponen un pequeño porcentaje dentro del gran número de denuncias que desgraciadamente esconden historias de maltrato y asesinato. Puede que esa actitud egocéntrica sea la que me esté moviendo ahora mismo a hablar de un tema del que les corresponde hablar a las mujeres, pues yo, al igual que todos los hombres, he rechazado todas las ideas sobre las que se asienta el feminismo. Yo he negado la existencia de un sistema que de manera subliminal justifica las violaciones y asesinatos perpetrados por hombre hacia mujeres. Yo he rechazado de manera ingenua, pero terriblemente sincera, la afirmación de que todos los hombres somos violadores en potencia, sin ni siquiera pararme a escuchar el discurso completo ni reflexionar sobre el auténtico significado del enunciado, ignorando los principios más básicos de la sociología. Todo esto lo he hecho de manera genuina, considerando mis acciones como una legítima defensa de mi dignidad y del honor de mis compañeros hombres, podría decir que sin maldad aparente. Sin embargo, cada vez que he criticado a una mujer por vestirse como ha querido o por desarrollar su vida sexual libremente, en el fondo estaba rigiendo mis acciones el Macho™ que la sociedad me ha enseñado a ser. El león que quiere conservar su poder y que teme ser destronado me ha manejado sin que me de cuenta. Que no fuera del todo consciente de mi actitud no la justifica, pues en todo momento tuve la posibilidad de escuchar a mujeres que, con el paso de los años, afortunadamente he escuchado y que me han ayudado a convertirme en una mejor persona que aún comete fallos y que escucha a veces (espero que muchas menos) al león que ruge y al que le asusta la llegada, ya inevitable, de los nuevos tiempos.

Sin duda alguna, la cueva en la que han decidido reunirse todos estos leones la última semana se encuentra en la caja de comentarios del último spot de la empresa francesa Gillete, que te invito a ver para que saques tus propias conclusiones.

En este anuncio, se cuestiona la imagen clásica del hombre que incluso la propia Gillete ha promulgado en otros anuncios anteriormente. En poco más de una semana, el anuncio ha recopilado más de un millón de dislikes y se ha convertido en uno de los vídeos con peor recepción de la historia de la plataforma. Aunque me indignó, no me sorprendió encontrarme comentarios de hombres negando sus actitudes tóxicas y sintiéndose atacados por un anuncio cuya intención es la de animar a los hombres a contribuir para crear una sociedad mejor. Los leones no quieren reconocer sus errores, ni siquiera para cambiar las actitudes ni las expectativas que les afectan a ellos mismos directamente, ni tampoco quieren seguir el eslogan de la campaña y convertirse en los mejores hombres que puedan ser. Porque para ellos, los hombres siempre hemos sido lo mejor que podemos llegar a ser y por ello no tenemos que cambiar. Porque abrir los ojos siempre es doloroso, y más cuando el pedestal en el cual te sientes el rey del mundo se sustenta sobre las vidas de mujeres que todos los días se encuentran con leones que las subestiman, las tratan con condescendencia y las cazan por el mero hecho de ser mujeres.

Mientras que ignoramos sus palabras, sus gritos y sus argumentos, los hombres podemos seguir quejándonos  cómodamente de que no se celebre el Día del Hombre mientras que nos tomamos una cerveza, charlamos con nuestros amigos en el bar y nos seguimos creyendo los reyes del mambo. Abajo Gillete, viva John Wayne.

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