Antropoempacho

Por Ángel Gómez-Lobo

Es más que evidente que el antropocentrismo ha resurgido con fuerza en el s.XXI. En los tiempos que corren vivimos un antropocentrismo juguetón, confiado y soberbio que por las noches cambia sus ropajes para disfrazarse del egocentrismo (irritante en ocasiones ) que asoma los tentáculos a través de todas las redes sociales y foros de internet. Aunque emplee el mismo término (“antropocentrismo”) para designar tanto al movimiento cultural que se inició en el siglo XV para posicionar al hombre en el centro del mundo como a la tendencia de la que todos participamos hoy en día, lo cierto es que ambos fenómenos presentan diferencias significativas, ya que, como suele ocurrir, la idea original ha rodado incansable todos estos siglos por la pendiente del Tiempo, alimentándose de nieve y más nieve, creciendo hasta convertirse en un coloso esférico al que a todos nos gusta abrazar. A día de hoy a nadie le interesan los viajes: ni los viajes a la Luna de Mélies, ni los viajes al centro de la Tierra de Verne, ni los descensos al infierno de Orfeo y, siendo honestos, no disfrutamos siquiera de un paisaje hasta que, gracias a la técnica fotográfica definitiva, el selfie, plasmamos nuestra presencia en el prado, bosque o montaña de turno. ¿Acaso no eran bonitos esos panoramas antes de que te pusieras tú delante? ¿Por qué esa necesidad de marcar nuestro territorio, como hacen los animales, mediante fotos y hashtags?

selfie
Fuente: Tripadvisor

Por supuesto, estas líneas no son un alegato contra el retrato de paisajes (que cuenta con una gran tradición artística), sino una advertencia acerca de los residuos que nuestra soberbia está generando: montañas y montañas de selfies y fotografías insulsas conforman nuestro legado, el legado de la generación que, como todas, tiene la necesidad de estar al pie del cañón, en el foco de atención, en el meollo de la vida. Los millenials hemos conseguido tener a nuestra disposición las herramientas para estar ahí, para mostrarnos ante todos nuestros semejantes , de una manera rápida, sencilla y poco interesante. ¿Hubieran compuesto Lope de Vega o Shakespeare sus sonetos si posando para unas fotos hubiesen despertado las mismas pasiones que despiertan los influencers que han hecho de la imagen un estilo de vida? Aunque a la hora de crear podemos alegar que queremos conocernos a nosotros mismos y expresar nuestros sentimientos, lo cierto es que de algún modo siempre buscamos impresionar a los demás y dejar constancia de nuestra individualidad, de lo que nos hace especiales. Y esto no es malo, pues nos lleva a querer superarnos, a experimentar con nuestras capacidades para sorprender a la joven a la que queremos seducir o al grupo de amigos con el que solemos salir. No existe un sentimiento más puro que el de querer ser más que los demás, de una manera humilde y sincera, componiendo canciones o escribiendo relatos que capturen fragmentos de la realidad en los que nadie había reparado antes. Gracias este afán, podemos disfrutar día a día de obras maravillosas que han surgido la mente inquieta de individuos que quisieron ser algo más que uno más, y que por ello se decidieron a explorar el lado más profundo de sus almas y el rincón más remoto de la Vía Láctea.

egon schiele autorretrato
Autorretrato de Egon Schiele

A día de hoy estas personalidades (que habitan, de manera más o menos aparente, en nuestro interior) no se han extinguido, pero si que se encuentran en un estado de letargo. En la era de la automatización no solo somos perezosos a la hora de pedir una pizza por teléfono o de adquirir un robot que limpie nuestros suelos, sino que también somos perezosos a la hora de distinguirnos de los demás. Hemos reducido nuestras expectativas porque consideramos imposible, por ejemplo, alcanzar la calidad literaria de Julio Cortázar, y porque una buena fotografía de retrato, con una luz adecuada y una sonrisa seductora es incluso más fácil de digerir para nuestros followers que un collage al que hemos tenido que dedicar muchísimo más tiempo. Con todo esto no quiero decir que siempre tengamos que estar inmersos en un proceso de creación constante, pues además de que es inviable y agotador, tenemos derecho a relajarnos y a recibir (y a conceder) halagos solo porque sí, solo porque estamos rodeados de gente que nos aprecia y nos quiere. Sin embargo, en mi opinión este ejercicio de autocomplaciencia debería realizarse con moderación, por el bien de nuestro espíritu y de la cultura humana en general.

El primer paso para conseguir una cultura más variada es demandar un contenido distinto, y valorar el que ya se ha creado. Aunque disfrutemos con las fotografías de Dulceida o con los selfies de nuestros amigos, vamos a intentar buscar más lejos. Vamos a intentar superarnos a nosotros mismos, vamos a explorar nuestras capacidades más allá de resultar atractivos o guapos en una fotografía, vamos a intentar salir victoriosos de un combate contra lo que el autor Milan Kundera definió como el lado pesado de la vida. Porque somos más que una cara bonita; somos los herederos de Frida Kahlo, de Beethoven y de Ana María Matute y estamos empachados de nuestras caras y de nuestras sonrisas; estamos empachados de la parte de nosotros que ya conocemos y exhibimos por las redes sociales. Estamos preparados para dejar de ser delicados y bellos corderos a los que abrazar y acariciar para convertirnos en lobos que aúllan a la luz de la luna cánticos de amor, odio, tristeza o desesperanza.

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