El patrón del cine

Por Ángel Gómez-Lobo

El cine, del griego kiné, es el arte del movimiento. Aunque no podría estar más de acuerdo con esa definición, creo que es incompleta, que se queda corta, que no logra definir completamente el amplio brazo con el que el séptimo arte acurruca al resto de disciplinas en su desarrollo, tomando la forma de esa encrucijada para todas las artes anteriores de la que hablaba el famoso director francés de cine mudo Abel Gance. Sin embargo, a la hora de elegir un término para sintetizar y nombrar semejante hazaña me parece correcto que se haya escogido una apócope del cinematographé de los hermanos Lumiére, porque todos los padres tienen derecho a elegir el nombre de sus hijos y también porque el cine es movimiento; movimiento del celuloide y de los personajes y parajes que encierra; movimiento explícito de los héroes y villanos y movimiento oculto de las emociones dentro de sus cabezas. El cine es movimiento pero también es la quietud y paz que experimentamos cuando nos asomamos a la ventana a otros mundos que es la pantalla, y creo que en ese sentimiento de evasión y tranquilidad (que experimentamos incluso mientras sufrimos con los personajes) radica la clave de su éxito y de su encumbramiento como Ciencia (en el sentido helénico de la palabra); ciencia a la que, por cuestiones cronológicas, los griegos no tuvieron tiempo de asignar la Musa de la que gozan las otras disciplinas, hermanas mayores del arte al que vamos a dedicar las siguientes líneas. ¡Me parece una tremenda injusticia! ¿Acaso no se merece el cine tener una musa como la música tiene a Euterpe y el teatro a Melpómene y Talía? ¿Quién va a iluminar y a inspirar a los artistas que quieren exorcizarse y dar salida a sus penas plano a plano?

cinematografo lumiere
Salida del teatro de París en el que los Hermanos Lumiére llevaron a cabo las primeras exhibiciones del cinematógrafo. Fuente: National Geographic

Quizá los cineastas no necesiten realmente una musa, pues figuras como Alfred Hitchcock o Stanley Kubrick (a la altura de héroes como Aquiles u Odiseo) han demostrado la independencia de su genio creador al concebir obras titánicas como lo son Psicosis o 2001: Odisea en el Espacio. Con todo, el cine sí tiene un patrón, miembro también del panteón griego, para compensar su ausencia de musa: Morfeo, el dios encargado de llevar los sueños hasta los seres humanos.

José Luis García-Escudero afirmó que el cine es una máquina de sueños, y aunque el veterano crítico no andaba muy desencaminado yo prefiero la definición que, acompañado de música, el cantautor Luis Eduardo Aute propuso en su canción Más cine, por favor:

Cine, cine, cine
Más cine por favor
Que todo en la vida es cine
Que todo en la vida es cine
Y los sueños cine son

Todo en la vida es cine, o mejor dicho, toda nuestra vida se puede ver reflejada en el cine. El ser humano ha estado esperando toda su historia estética el enorme acontecimiento que supuso el nacimiento de lo audiovisual, capaz de hipnotizarnos haciéndonos ver y oír a la vez historias a las cuales nos podemos acercar más que en ningún otro medio. Y los sueños son cine porque en ambos casos nos vemos envueltos en hechos que en circunstancias extraoníricas nos resultarían totalmente inaccesibles o inverosímiles, como inverosímil es soñar que te quedas desnudo en medio de una multitud o inverosímil es observar a tres atracadores de bancos desde el interior de un maletero como lo hacemos cuando disfrutamos de Reservoir Dogs, la ópera prima de Quentin Tarantino. Al igual que siempre volvemos a cobijarnos en los brazos de Morfeo, aunque a veces suframos o tengamos pesadillas mientras dormimos, siempre regresamos a la butaca para dejarnos embrujar por películas que al igual que pueden hacernos reír también pueden horrorizarnos o provocarnos el llanto, porque continuamente ansiamos vivir más, no más tiempo, sino más historias, más hipnóticamente y más allá de nuestro cuadriculado mundo de oficinas, publicidad, tiendas, trabajo y estudios.

reservoir
Escena de Reservoir Dogs (1992)- Quentin Tarantino

Cuando despertamos en el momento en que la luz del sol (o la luz de la sala de cine) nos libera del embrujo de las imágenes, podemos recordar detalles de todo lo que Morfeo nos ha hecho sentir, pero en una proporción muchísimo menor. Para alimentar nuestra alma es necesario ver cine y, sobre todo, es necesario que genios como Truffaut, Lynch o Almodóvar sigan ayudando a Morfeo a hacernos soñar.

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