La palabra del año

Por Ángel Gómez-Lobo

Este año la Fundación del Español Urgente ha escogido, siguiendo la tradición, el término microplástico como Palabra del Año, elevándolo al rango de otros vocablos como selfi, escrache, refugiados o populismo, también considerados dignos de este reconocimiento en años anteriores por la importancia y actualidad de la que gozaban en el momento en el que fueron coronados. Esta práctica, también realizada por el diccionario Oxford en el ámbito anglosajón, además de presentar resultados curiosos, pone de manifiesto la importancia que aún tienen el lenguaje y las palabras en nuestra sociedad y la capacidad de estos para sintetizar complejas emociones, sentimientos y, en el caso de la Palabra del Año, fenómenos y acontecimientos sociales; la palabra selfi (palabra del año 2014) no solo nos habla de la simple foto que nos sacamos estando de fiesta o de vacaciones, sino que también representa el impulso (que muchas veces se convierte hasta en necesidad) de mostrar a los demás nuestras vidas, en una sociedad recientemente golpeada y profundamente afectada por la aparición de las nuevas tecnologías que con sus lentes, filtros y temporizadores han contribuido a establecer un nuevo culto a la imagen. Es imposible referirse a la sociedad global de los últimos 10 años sin hablar de los refugiados (palabra del año 2015), grupos de personas que han tenido que huir de sus países debido a la guerra y cuyo aumento de afluencia desde el estallido del conflicto en Siria ha dado lugar a una reflexión global acerca de los conflictos armados, de la inmigración y de las políticas de acogida que tan beligerantemente rechazan los partidos políticos que tanto se apoyan en el populismo (palabra del año 2016) y cuya repulsión al extranjero nace más de la aporofobia (palabra del año 2017) que de la xenofobia.

Todos estos términos que he ido enumerando han reflejado en mayor o menor medida el conjunto de preocupaciones de la sociedad, comprimido cada año en una sola palabra que resulta magnética, por su capacidad para acudir hasta nuestra lengua y pegarse a ella, y también poderosa, pues se acomoda no solo en el bulbo raquídeo de todos los hablantes sino también en su corazón, que emplea como centro de operaciones para capturar y dar forma y sentido a todos esos pensamientos intrusivos, fugaces y aislados que apenas somos capaces de moldear del todo en un mundo que nos bombardea con información, anuncios, pitidos y aún más anuncios. Aunque las anteriores palabras me han parecido elecciones acertadas, creo que con microplástico la FUNDEU ha errado al escoger un término demasiado concreto y desconocido como para provocar esa catarsis a pequeña escala que antes he descrito.

Francis Bacon
Tres retratos de Francis Bacon

Resulta evidente que desde mi humilde posición no soy quien para cuestionar la decisión de un organismo como la FUNDEU, y también admito que tiene sentido escoger un término tan fuertemente ligado a la amenaza ecológica a la que nos llevamos enfrentando ya varias décadas, en un año sacudido por un repentino despertar ecológico (parcial y perezoso, todo hay que decirlo) que espero que sea la semilla de un movimiento mayor que por fin se tome en serio la descabellada idea (presentada en un informe de 400 páginas elaborado este mismo año por expertos de la ONU) de que no podemos seguir explotando los recursos de la Tierra al ritmo al que lo estamos haciendo y de la manera en que lo estamos haciendo si queremos sobrevivir como especie y no llevarnos al resto de seres vivos por delante. Sin embargo, creo que la nociva abundancia de microplásticos en el mar, que igual acaba con la vida de millones de criaturas marinas como contribuye al crecimiento de la enorme isla de basura del océano Pacífico, es tan solo un rasgo sintomático (y prácticamente un cliché) de un sistema que lleva años cometiendo los mismos errores. Creo que en pleno 2018, más que de las consecuencias ya conocidas por todos, es necesario hablar de los motivos y de las medidas. No me interesa tanto la trágica e injusta muerte de un delfín que se ha asfixiado con un trozo de plástico como la controvertida medida de Madrid Central (cuyo impacto en la opinión pública refleja el letargo en el que se encuentra sumida la sociedad española en cuanto a temas de ecología) o las acciones del gobierno chino o estadounidense que cada vez se alejan más del protocolo de Kioto.

Delfín
Fuente: Indemares

Creo que la palabra ecocidio (candidata a palabra del año) es más adecuada para describir el atolladero en el que nos encontramos. Otra candidata, dataísmo, define a la perfección el rostro de la implacable lluvia de ideas que nos cala hasta los huesos y que apenas nos deja reflexionar y pensar por nosotros mismos. Micromachismo pone de manifiesto la existencia de una nueva conciencia social que busca romper con los cánones establecidos y analizar los comportamientos que nos han llevado a vivir en una sociedad en la que más de 70 mujeres son asesinadas cada año víctimas del machismo.

Aunque todas estas palabras me parezcan dignas merecedoras del título de Palabra del Año, yo me quedo con el quinto candidato, un vocablo más familiar y en apariencia menos profundo: procrastinar. Lo elijo porque no solo procrastinamos a diario a nivel individual cuando en vez de atender a nuestras obligaciones dedicamos nuestro tiempo a mirar stories de Instagram o a ver series en Netflix, sino también porque encontrándonos al límite del colapso energético, en la antesala del Apocalipsis Ecológico, los gobiernos solo están procrastinando al impulsar medidas que  les sirven únicamente para no afrontar el problema de raíz, para no tener que enfrentarse y sancionar seriamente a las grandes corporaciones que se preocupan más de sus bolsillos que de los árboles y para no tener que reconsiderar una infraestructura energética ya caduca. Procrastinar es limitarse a restringir la circulación en el centro de la capital pero no impulsar mediante subvenciones el uso del coche eléctrico. Procrastinar es encargar informes, realizar campañas de concienciación pero no renunciar a los cuantiosos beneficios del negocio del petróleo. Procrastinar consiste en dar rodeos, en engañarnos a nosotros mismos.

Mientras que los microplásticos son tan solo las ronchas, los temblores, los mareos y los vómitos, la procrastinación es el auténtico tumor, la verdadera enfermedad que está matando a la Tierra. Y aunque podemos procrastinar todo lo que queramos, al final nos tendremos que enfrentar al monstruo que nuestra basura, nuestro plástico y nuestro humo están alimentando.

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