Asústate, enfádate, llora

Por Ángel Gómez-Lobo

Los seres humanos somos unos masoquistas. No a todos nos gusta el dolor a nivel físico, pero si que lo disfrutamos (y hasta lo necesitamos) a nivel estético.

Llegué a esa conclusión cuando el otro día me encontraba repasando una antigua playlist que solía escuchar en mis oscuros años de pre-adolescencia. Aparte de venirme a la mente numerosos  recuerdos de esos años de pubertad y de confusión (una confusión más ingenua, pura y menos angustiosa que la desorientación que experimenta adulto moderno), esas canciones, que habituaba a publicar en mi página de Tuenti con la clasista pretensión de diferenciarme de lo que yo consideraba el rebaño del reggaeton, me llamaron la atención por su ligereza, su desenfado y, para ser más concretos, lo poco cañeras que eran, comparadas con parte de la música que escucho hoy en día. El repertorio que me acompaña en muchas ocasiones asalta mis oídos con guitarrazos, gritos desgarrados y ráfagas de percusión que en brutalidad no tienen nada que envidiar a los tambores que las tribus caníbales aporrean durante sus banquetes. Sin embargo, no siento que la música entre por mis oídos violentamente como un enjambre de avispas arañando mis tímpanos, sino que noto como las notas se  escurren por mis oídos como cera caliente que se une a la sangre de mis venas, impulsada por un corazón que se ha unido al compás de los tambores caníbales.  La pregunta que me hice entonces fue la misma que, una noche de fiesta cualquiera, me hice mientras notaba en mis labios la espuma de la cerveza, bebida que, después de probar por primera vez, todo el mundo ha rechazado con una mueca de disgusto: ¿cómo he llegado hasta aquí? ¿Desde cuando siento placer por lo desagradable?

Scott clendaniel
Artista: Scott Clendaniel

El ser humano está hecho para ser feliz, y para él, este sentimiento es tan natural y tan ligero que la mayoría de las veces no lo aprecia (muchos dicen que un hombre es feliz cuando no se da cuenta). No debemos confundir la felicidad con la alegría, pues aunque muchas veces vayan dadas de la mano no se necesitan la una a la otra; se puede sentir alegría en el marco de una desgracia y, desde mi punto de vista, la melancolía muchas veces puede ser signo de felicidad. El único problema de la felicidad es que, si no es completa (solo es total para los niños) arrastra irremediablemente a la monotonía. Necesitamos una rutina y una estabilidad para desarrollar nuestra vida, y aunque adoptar unos hábitos de trabajo y de ocio es el mejor método para desarrollarnos como personas, cuando lo hacemos siempre  nos acaba invadiendo una desazón casi metafísica que hace que nos sintamos como marionetas o autómatas que, dentro de un mundo que a veces se nos antoja como un teatro (¿quiénes serán los espectadores?), tan solo siguen las indicaciones del guion escrito por el Destino.

La rebelión, incluso contra lo que nos beneficia, es la respuesta genuina ante este fatalismo. El ser humano no quiere ser conducido, sino que anhela dejar al resto de pasajeros atrás y acceder a la cabina del piloto, aunque sea solo para estrellar el avión y terminar con un viaje que se le está haciendo demasiado largo. En un mundo de falsas sonrisas, en el que la autoayuda y el coaching motivacional están diseñados solo para que soportemos las largas jornadas de trabajo, queremos decapitar a Mr.Wonderful. Queremos desmontar el tinglado que nos fuerza a ser felices, a sonreír, a ser amables en todo momento y a no darle mucha importancia a nada. Queremos dejar de ser parte de la masa satisfecha y complaciente y, en un acto de soberbia, rajar el telón y enfrentarnos a lo desconocido: a lo que hay en el páramo más allá de la vida que debemos vivir: la tristeza, el miedo, la ira y el resto de emociones que tenemos que reprimir para vivir en sociedad. Yo escucho metal, mi vecino de enfrente se recrea viendo películas gore y puede que a ti te guste llorar con la telenovela o beber todos los fines de semana por el mero placer de hacer arder tu esófago y notar como poco a poco tu paladar se convierte en un extraño pastiche con sabor a papel y a hierro.

El show de truman
Escena de El show de Truman (Peter Weir-2000)

Aunque tienes todo el derecho del mundo a ser feliz, nunca permitas que te obliguen a serlo, o mejor dicho, no permitas que te obliguen a serlo a su manera. Tú eres, como todos, un complejo cinturón de tormentas y asteroides, un ciclón de ideas, impulsos y emociones más allá de la paz, la amabilidad y el bienestar. No te preocupes y no te excuses si a veces te sientes violento o experimentas envidia o rencor, es más, deberías preocuparte solo si estos sentimientos son siempre ajenos a ti. No importa lo que sentimos, sino lo que hacemos con lo que sentimos.

La felicidad está ahí, para que la abraces, pero también para que la estrujes, le golpees y le escupas.

 

 

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