¿Quién reparte los carnés?

Hay unos cuantos por ahí con aires sospechosos de críticos expertos 

 

Antes que nada, avisarles de que sigo un poco salpicado por el lodazal en el que me encontré el otro día. A continuación entenderán lo que les digo.

 

El jueves pasado, mientras me encontraba en unos de esos micros de poesía que algunos valientes se atreven a hacer todavía en sus bares, escuché por el fondo de la sala a un par de pollos que estaban analizando el recital de manera increíblemente ‘escrupulosa’ y ‘dedicada’ ─matizar que no tenía siquiera predisposición a escuchar las memeces que ambos berreaban (lo que se dice ‘poner la oreja’), pero el vocerío propio de unas cuantas birritas lo hizo inevitable─. Qué decir de que no es que contasen precisamente con la habilidad de narración de Manolo Lama y Paco González, por lo que la profunda labor analítica fue causa de sentencias tan ilustres como «no me entra bien» o «le falta consistencia», comentarios que seguramente habían aprendido en una degustación de vinos (o incluso en una de bizcochos) a la cual acudieron la semana anterior. Como era de esperar, ninguno de los dos se hizo con el micrófono en toda la noche con la intención de compartir algo. No se piensen que fue porque no tuviesen nada escrito digno de mención, sino que seguramente tendrían miedo de que alguien se lo pudiera copiar. Sí, seguramente fue eso.

Lo más triste de todo fue ver las caras de la gente que había ido ahí a recitar su poesía. Por culpa de ese par de beodos semiembrutecidos hubo una vergüenza generalizada por salir a participar con el más mínimo verso. Estoy convencido de que no eran los mejores, pero tampoco los peores; eran suyos, y me quedé sin escucharlos.

No es la primera vez que me encuentro ante esta patulea fétida de seudoeruditos que se cuelan en un bar cualquiera un jueves noche y se encuentran con su faceta más crítica y literaria tras años de desconocimiento de la misma (¡bendito hallazgo!). No obstante, son más de los que nos imaginamos; inundan todo tipo de espacios dispuestos a la actividad cultural, como recitales, conciertos, galerías, exposiciones y, sí, también bares (no se vayan a quedar sin sus birritas), siendo víctimas potenciales de su nada considerada apropiación, movida por el convencimiento de que sus comentarios destructivos le importan a alguien… Realmente perturbador.

Sin embargo, lo que más me preocupa no son este tipo de personajes o su poca deferencia, sino la ausencia de una respuesta firme y unánime por parte de todos aquellos que estuvimos presentes: salvo unos pocos, la respuesta mayoritaria fue mirar al suelo. Sí, ¡al suelo! ¿Cómo podemos permitir que un par de ‘cuñaos’ vengan a arruinarnos una actividad como esa? ¿Acaso ellos reparten los carnés de poeta? ¿Acaso alguien lo hace?

 

No.

 

 

 

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