Cuando los sábados son domingos

Por Ángel Gómez-Lobo

Hay semanas en las que los sábados se convierten en domingos: se tiñen con su melancolía y nos transmiten su abulia y su olor a aventura terminada.

Sin faltar nunca a su cita, como la muerte o el café del oficinista, las semanas se plantan ante nosotros como una enorme escalinata que se cierne cual colina de escalones escarpados. Con las mínimas nociones de alpinismo que a lo largo de nuestra vida hemos podido atesorar, nos enfrentamos a un ascenso que afortunadamente, de mejor o peor manera, siempre conseguimos completar.

El lunes aún no nos hemos acostumbrado a un aire que notamos enrarecido, conformado por las cosas más esenciales de la vida: las prisas, la responsabilidad, el bullicio y el resto de quimeras que conforman la actividad perpetua que pone en marcha el universo y que fija la órbita de los planetas, el movimiento de las galaxias, el de las mareas y hasta el de las moscas en pleno vuelo.

Andamos… y superamos el martes… seguimos ascendiendo… y franqueamos el miércoles… El jueves afrontamos una etapa más dura, pues el entusiasmo inicial con el que iniciamos nuestra travesía se va desvaneciendo a medida que subimos, aunque es sustituido por la ilusión de llegar hasta la cima, energía gracias a la cual no desfallecemos durante camino.

Montañas

Llega el viernes, y la vegetación ha cambiado; en ese escalón ya no hay árboles entre los que tengamos que vagar ni arbustos que nos arañen con sus espinas. Mientras caminamos por la pradera todo empieza a parecer sencillo, porque notamos que nuestra tarea está por finalizar. Sacamos fuerzas de flaqueza y en un último impulso alcanzamos por fin la cumbre desde la cual observamos un panorama que nos hace sentir que todo el esfuerzo ha valido la pena. Allí arriba el aire es pobre en oxígeno, y por ello nos invita a delirar, a soñar y a olvidar los esfuerzos del viaje. Desde nuestra posición privilegiada, somos reyes de todo cuanto vemos, y libres para estar quietos y escapar por un rato de las agujas del reloj que han marcado nuestros pasos desde el lunes; en la cúspide de la vida siempre es sábado.

Sábado glorioso, sábado con sabor a alcohol o a besos, sábado malicioso, travieso, ajeno a los horarios y a las fronteras.

Aunque nos gustaría quedarnos allí para siempre, pronto nuestro entusiasmo comienza a desaparecer; los rayos del sol que allí arriba han calentado nuestra alma se esconden tímidos durante el crepúsculo. Ya es domingo, y en la oscuridad de la noche no distinguimos el paisaje que tanto nos había maravillado. Atrapados en ese extraño paraje dominical, no solo recordamos la felicidad de la cima, sino que por fin reparamos en la felicidad, más humilde y discreta, que experimentamos en mitad del caos de la semana. Un sentimiento extraño que solo podremos revivir cuando el lunes nos encaremos de nuevo con los escalones.

Sin embargo, a veces llegamos a la cima cuando ya ha anochecido, y entonces nos encontramos con la faceta más desoladora de la vida. Cuando los sábados son domingos estamos tristes de verdad.

 

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